miércoles, 27 de junio de 2007

DRENAJE Y RIESGO

Gabriel Quadri de la Torre gquadri@sigea.com.mx
El Economista, 27 de junio, 2007

Gran parte del Valle de México fue un sistema de lagos, y siempre buscará expresar su vocación natural. Los conquistadores no entendieron su hidrología y destruyeron los albarradones (diques) aztecas. A principios del siglo XVII la ciudad quedó inundada durante años. Felipe II decretó el traslado de la metrópolis a Tacubaya; los habitantes y el virrey acataron sin cumplir. Se iniciaron después los trabajos para el desagüe (el tajo de Nochistongo) ideados y emprendidos por el italiano castellanizado Enrico Martínez, que se prolongaron por más de dos siglos. Los lagos no pudieron ser expulsados del todo, y el agua continuó invadiendo la ciudad. Porfirio Díaz acudió a la ingeniería moderna, de la mano del Ingeniero Pearson, para construir el gran canal y los túneles de Tequisquiac. Pero, sólo Echeverría optó por una solución final, y ordenó la construcción del Drenaje Profundo en los años setentas para desalojar las aguas pluviales, lo que en su momento inhibió la vocación lacustre del valle de México.

Sin embargo, a inicios de los noventas, el Drenaje Profundo pasó de ser el vertedor de lluvia a operar como drenaje sanitario; su capacidad para mantener reprimida la vocación lacustre del lago se vio disminuida. Al mismo tiempo, la sobreexplotación de los acuíferos subterráneos provocó hundimientos notables del suelo (hasta 7 metros), lo que invirtió la pendiente del canal del desagüe y fue impidiendo el vertido de las aguas fuera del valle (hubo que instalar potentísimos sistemas de bombeo). La incuria y la irresponsabilidad, durante los noventas y los primeros años del siglo XXI hicieron el resto: no hubo mantenimiento; no era algo vistoso ni creaba clientelas electorales. En consecuencia, las presas y lagunas de regulación del sistema están rebasadas, el recubrimiento de los túneles del Drenaje Profundo está desgastado por la abrasión y a punto del colapso, el acero de refuerzo está expuesto y corroído, y se multiplican los azolves y taponamientos.

Las zonas más vulnerables a inundaciones son Iztapalapa, Neza y Ecatepec (irónicamente, primero los pobres), y de manera gradual, de acuerdo a la intensidad de los episodios esperados de lluvia, seguirán el aeropuerto, las líneas 5 y B del metro, la Ciudad Deportiva, la línea A del metro, el bosque de Aragón, San Lázaro, el Centro Histórico, el circuito interior, Reforma, y en el peor escenario, hasta las colonias Condesa y del Valle. Peor todavía, durante el largo período de negligencia populista se cancelaron y olvidaron los proyectos de tratamiento de las aguas residuales de la Ciudad de México. El hecho real es que, desde entonces, nuestra ciudad viola la normatividad federal en la materia (NOM 001), y transfiere, eso sí, costos ambientales enormes fuera del valle de México.

Resolver el problema de conjunto cuesta unos 2 mil MDD. Implica la rehabilitación y ampliación de la red de drenaje; nuevos sistemas de bombeo y de compuertas; nuevos túneles bajo el río de los Remedios, bajo el río de la Compañía, y bajo el propio Gran Canal; y un nuevo emisor al oriente de la ciudad. Además, desde luego, de las macro plantas de tratamiento de aguas residuales del Distrito Federal. Estas obras son costosas, no lucirán, generarán molestias, no captarán adhesiones políticas ni crearán clientelas electorales. Sin embargo, despejarán un riesgo extremo, terminarán con la era del populismo negligente en el DF, e imprimirán, por fin, en la ciudadanía, un sentimiento de respeto y reconocimiento a su gobierno.
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